Montreal 1992: el día que el rock se salió de control con Metallica y Guns N’ Roses
Montreal 1992: el día que el rock se salió de control con Metallica y Guns N’ Roses
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El 8 de agosto de 1992, lo que prometía ser una noche histórica para el rock terminó convertida en una de las mayores catástrofes en la historia de los conciertos en vivo. Hace exactamente 33 años, dos de las bandas más grandes del planeta Metallica y Guns N’ Roses coincidieron en el Estadio Olímpico de Montreal como parte de una gira colosal que, sobre el papel, tenía todo para ser perfecta. Pero el espectáculo terminó en llamas, caos y disturbios, dejando una huella imborrable en la cultura del rock.

Era el verano boreal de 1992 y el llamado Guns N’ Roses/Metallica Stadium Tour recorría estadios de todo Estados Unidos y Canadá con entradas agotadas. Metallica venía de consolidarse como el titán del metal moderno, mientras que Guns N’ Roses era la banda más explosiva del momento. Juntos, representaban el poder absoluto del rock duro en su apogeo.

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La noche comenzó con Faith No More como teloneros, ofreciendo un set potente y bien recibido. Luego, Metallica tomó el escenario con energía arrolladora. Durante más de una hora, la banda mostró su maestría musical ante 55,000 fanáticos. Pero en medio de la ejecución de “Fade to Black”, ocurrió lo impensable: una falla en la coordinación pirotécnica hizo que James Hetfield, vocalista y guitarrista, quedara atrapado en una llamarada de más de tres metros.

“Una gran llama de colores subió justo debajo de mí. Sentí el dolor al instante, era insoportable… como nada que hubiera sentido antes”, recordó Hetfield años después. Las quemaduras afectaron su brazo, mano, rostro y espalda. El show se detuvo abruptamente. La banda tuvo que ser evacuada. El público, desconcertado pero aún esperanzado, aguardó la llegada del siguiente acto.

Después de más de dos horas de espera, Guns N’ Roses subió al escenario. Pero la presentación fue breve y caótica. Axl Rose, visiblemente incómodo y con problemas vocales, se retiró tras apenas nueve canciones. “Sentí que me iba a lastimar. No sabía qué hacer”, explicó años después. Sin previo aviso, la banda abandonó el escenario y las pantallas anunciaron la cancelación del show.

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Fue entonces cuando estalló el motín. La furia de miles de fans contenidos durante horas explotó en violencia. Tiendas de souvenirs fueron saqueadas, camisetas ardían en fogatas improvisadas, autos volcados, vitrinas rotas y destrozos por más de medio millón de dólares. La policía desplegó 300 agentes, pero la turba estimada en 10,000 personas era incontenible. Se reportaron al menos 10 heridos y seis arrestos. Montreal vivió una noche de locura que terminó entrada la madrugada.

Con la distancia de tres décadas, el incidente sigue siendo un símbolo de cómo el ego, la mala suerte y la falta de planificación pueden convertir un sueño musical en pesadilla. Metallica se recuperó, siguió con la gira y Hetfield volvió al escenario semanas después. Guns N’ Roses, por el contrario, dilapidó ganancias en fiestas y enfrentó sanciones por su comportamiento errático.

Aquella noche quedó como una advertencia en la historia del rock: no basta con talento y fama; en el escenario, la responsabilidad pesa tanto como la distorsión. Montreal no olvidó. El rock tampoco.

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